Tres tonos de gris, o cómo desmantelar una metafísica en blanco y negro.

Tres tonos de gris, o cómo desmantelar una metafísica en blanco y negro.

Ludwing Wittgenstein. Imagen de apieceofmonologue.com

En el prólogo del Tractatus, Wittgenstein dice que “el libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar, sino a la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de ese límite (tendríamos, en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable)”.

Una lectura rápida de este fragmento puede llevar a una división de la realidad de este tipo:

Lo pensable-expresable — Lo impensable-inefable

Sin embargo, Wittgenstein introduce en realidad más matices, de modo que pensar y expresar no son paralelos. El esquema de la realidad wittgensteiniana sería más bien así:

Lo pensable-expresable (se dibuja un cuadro blanco)

Lo pensable-inefable (se dibuja un cuadro gris)

Lo impensable-inefable (se dibuja un cuadro negro)

No se puede trazar un límite al pensar, porque el pensar ya tiene su límite trazado. Hay lo pensable y lo impensable, luego no hay límite alguno que trazar al pensamiento. Lo que hay que limitar es lo expresable. Lo pensable puede ser de dos maneras: expresable o inefable. Lo expresable, además, puede ser dicho claramente, o lo que es lo mismo, lógicamente. Lo demás es embriaguez metafísica. Y de lo que no se puede hablar hay que callar.

Esta teoría separa lenguaje, pensamiento y realidad. Hay una parcela de la realidad que no es pensable y una parcela de lo pensable que no es expresable. Así, el hombre no puede conocerlo todo, ni expresar todo lo que conoce. Es un tipo de monólogo escéptico.

No es de extrañar que Wittgenstein diga que es de la opinión de haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas. Entre otras cosas porque ha reducido el diálogo posible a una pequeña parcela de la realidad: la lógica. Paradójicamente, cito a Wittgenstein cuando dice que me es indiferente si lo que he pensado ha sido o no pensado antes por otro. Cito a Wittgenstein porque me parece que el diálogo sí es posible, y que la filosofía es sobre todo una conversación.

Los clásicos pensaban que no había separación entre realidad, pensamiento y lenguaje. En el De Veritate, Santo Tomás define la verdad de dos modos. En primer lugar, como ser veritativo, o sea, como la realidad misma. La Verdad es considerada un trascendental. Todo lo que es es verdad. En segundo lugar, la verdad es caracterizada como adequatio intellectus ad rem. Hay una relación entre el intelecto y la cosa, y si es adecuada, nos encontramos ante la verdad. Además, el octavo mandamiento de la Ley de Dios sentencia que no dirás falso testimonio ni mentirás. De lo que se deduce que se puede mentir, esto es, conocer la verdad y decir intencionadamente su contrario. De lo que se deduce a su vez que se puede decir la verdad: si debes, puedes (una intuición, por lo demás, muy kantiana).

Esto plantea un panorama en el que, potencialmente, el hombre es capaz de conocer toda la realidad y de expresarla. Digo potencialmente porque el hombre puede equivocarse al conocer la realidad y puede también mentir, pero que existan el error y la mentira no anula, sino más bien refuerza, la idea de un conocimiento humano potencialmente omniabarcante.

También los idealistas dirán que lo racional, eso es lo real; lo real, eso es lo racional. Separar realidad, pensamiento y lenguaje me parece más un acto de la voluntad que de la razón: un reduccionismo. Un reduccionismo, por otra parte, que responde a una aspiración humana que más bien se amotina contra Wittgenstein. Wittgenstein quiere conocerlo todo, pero se le escapa, y decide reducir todo a todo lo que puedo conocer con la claridad que aporta la lógica.

Punto y aparte.

Volviendo sobre el esquema anterior, creo que el sentido común obliga a eliminar el cuadro negro. Admito que es una hipótesis indemostrable que no haya lo impensable. Indemostrable porque jamás podremos pensar, si es que existe, lo impensable, pero si existe, ¿a nosotros qué? Aunque preguntarse ¿se puede pensar lo impensable? es una forma (interrogativa) de pensar lo impensable…

Admitiendo que no hay nada impensable, o que si lo hay no nos importa, nos quedan dos tonos: el blanco y el gris. Entre ellos se levanta el muro de Berlín wittgensteiniano, que tiene un grafiti que dice: “de lo que no se puede hablar lógicamente hay que callar”.

Me propongo ahora derribar el muro. Y me permito citar a Chesterton, porque a mí sí me importa lo que otros pensaron antes que yo. El poeta pide meter la cabeza en el cielo. –dice Chesterton- Es el lógico quien trata de meterse el cielo en la cabeza. Y es su cabeza la que se parte en dos. Y también dice que aceptarlo todo es un ejercicio, comprenderlo todo es agotador.

Estoy de acuerdo con Wittgenstein en que no todo es expresable lógicamente, pero pensar que lo demás es inefable es tanto como prohibir a la humanidad que vuelva a decir te quiero.

Quizá el cuadro gris es el más emocionante, incluso el más humano. En el cuadro gris quedan la metafísica, la estética, el sexo, la amistad, el amor, la cerveza y los besos que le dan las olas a la playa. Quítele eso a la vida, métala en código binario en un ordenador del año de la polka y arrójese a las vías del tren, porque, muy estimado señor Wittgenstein, su lógica no responde a mis preguntas.

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