Diario de un emigrante (I)

Delibes escribió un libro titulado ‘Diario de un emigrante’. El protagonista es un tipo pueblerino, malhablado y misógino aficionado a la caza, la bebida y los juegos de azar que un buen día decide emigrar a Chile a hacer fortuna. Dejando de lado mi evidente parecido con el tal protagonista y los fines de mi viaje, pensé que era un libro que no podía dejar de meter en la maleta. Una vez intenté leerlo y me cansé, pero quizá estas latitudes me cambien un poco la perspectiva.

Pues sí, acá estoy, en Chile. Y me vine por un libro, es cierto. ‘Por donde sale el sol’, de Blanca García-Valdecasas. ¿Sabías que Andes, en quechua, significa ‘por donde sale el sol’? Eso pensaba yo esta mañana cuando por fin he visto salir el sol sobre la Cordillera, que hasta ahora, de tanta nube como había, había sido una pura creencia sin fundamento in re. Pero no, la Cordillera existe, y se levanta sobre Santiago como una reina sobre su trono.

Mi llegada no fue exactamente halagüeña. El primer tipo con el que me encontré, que a la postre era el taxista que me había de llevar a la residencia de estudiantes donde voy a vivir, intentaba hacerme entrar en razón: “¿Pero por qué venís acá? Acá todo es caro, ¡todo se paga, pues! Las autopistas, las universidades, los hospitales, ¡todo! Mi hijo estudia en la universidad y si no estudiara, yo me comprara un auto nuevo cada año”. Yo, por aquello de poner paz, argumentaba que si no sería sólo Santiago, que por eso es la capital. Quizá en el sur… “¿En el sur? ¡En el sur más caro, pues! ¡Cuanto más al sur más caro!”. Mi gozo en un pozo…

Al final el buen hombre se cansó de despotricar contra su país y empezó a hablar mal de los salvadoreños, los venezolanos y los haitianos. “La gente que viene acá no son como usté, pues. Vienen a trabajar porque con el salario mínimo de acá pueden ayudar mucho a sus familias. Vienen harto, los venezolanos. Cada día llegan doscientos. Y viven hacinados y en muy malas condiciones”. Tomo nota por si algún día cuaja un reportaje sobre la inmigración en Chile.

En la residencia, como en casa. Los estudiantes son iguales a este lado y al otro del Atlántico. Se preocupan por las mismas cosas: las notas, las novias, los fines de semana. Basta decir que vamos de birras para caer bien al personal. Aunque hablan muy raro. Peor que en Murcia, diría yo. Por ejemplo, a la comida le llaman el almuerzo, y a la cena, ¡la comida! Así que si quedas con alguien a comer, en realidad estás quedando a cenar. Cuando algo es guay se dice que es filete; cuando una situación es favorable, es tela o también buena honda (¿o buena onda? No lo sé…). Es bueno llamar a la gente por un nombre de animal. Por ejemplo: “¿Qué pasa, perro?” es un saludo aceptable entre estudiantes, pero no deberías decírselo a un profesor. Los pijos son los zorrones. Si algo está como el pico está de puta pena, pero si en cambio está de pico entonces está fenomenal. Todos aquí son hueones (o weones, no lo tengo claro), y todas las cosas son hueonadas.

Para muestra un botón. Esta noche sentí mi primer temblor. Eran las dos de la mañana y tembló todo el edificio. Nos despertamos los tres que compartimos habitación, y uno de ellos aseveró medio dormido: “La conchaetumadre, que me tenga que despertar por esta hueonada…” Y nos volvimos a dormir. El temblor fue de 5’4 en la escala Richter. “Acá sólo empezamos a preocuparnos a partir de un 6’5 o un 7”, me explicaba otro en el desayuno. Buena honda.

La gente aquí es buena. No saben que están en el otro extremo del mundo y hacen la vida normal como si vivieran en Bilbao o en Sevilla, sin añorar la madre patria. Los números de teléfono empiezan por 56, y los semáforos son orientativos. Debajo de un semáforo puede haber, por ejemplo, un cartel que diga: “Permitido virar en rojo con cuidado con los peatones”, lo cual no deja de ser un poco alarmante. En Santiago es difícil perderse. Al Oriente siempre está la Cordillera, y a sol poniente, el Pacífico. (Nunca he visto el Pacífico, espero poder escaparme este findesemana a Valparaíso). Las calles son avenidas anchas de casas unifamiliares. Las edificaciones son bajitas, quizá por miedo a los temblores. Aunque se esfuerzan en ocultarlo, es evidente que no es Europa: allá nunca he visto una ciudad tan bajita y tan rechoncha, tan tranquila como encantada de haberse conocido, a pesar de la vorágine de coches (autos, disculpe) que circulan a toda velocidad y hacen sonar el claxon sobre las avenidas de adoquines.

En el autobús, una chica me regaló su tarjeta para el metro, y el conductor me dejó pasar sin pagar porque todavía no había conseguido esa tarjeta. Ah, por cierto, el autobús urbano se llama la micro, y solamente llaman bus al interurbano. El metro es fantástico, aunque tiene sus horas puntas, claro. En la cafetería de la Universidad me encontré con una amiga que estuvo haciendo su intercambio en Pamplona. El mundo es un pañuelo.

En fin, esto han sido mis primeros dos días en Chile. Todo nuevo, todo a punto de ser descubierto. Todo una gran invitación.

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