Diario de un emigrante (III)

Las huellas del todoterreno de Armando Sandoval sobre la nieve en el camino del volcán de Villarrica

Armando Sandoval tuvo suerte de conocerme.

Armando es un hombre de campo, un guaso, como dicen en Chile. Su gorro de lana con orejeras no oculta sus rasgos indígenas, de mapuche. El domingo, un jabalí -una chancha, dice él- le destrozó el campo. La tormenta, la nieve, el frío, el corte de electricidad, no le parecieron a Armando motivos de peso para no salir a buscar al animal para matarlo. Cargó su camioneta con dos perros muertos de frío y se lanzó en medio del temporal a través del camino de montaña del volcán de Villarrica para encontrar a la chancha. El capitán Ahab debía tener un aspecto parecido cuando buscaba a Moby Dick.

Villarrica es una zona de veraneo para la clase pudiente chilena. Solo que aquí el verano ocurre entre diciembre y marzo. Hay un volcán y un lago y un balneario, que en los meses de calor ofrecen una estampa espectacular. En agosto no deja de ser hermoso, pero con la belleza de lo triste. Las nubes y el frío cargan todo de una dolça melangia que hace aparecer los fracasos del amor como un triunfo de la estética. (La justicia poética. Más allá de eso, ¿qué nos queda?).

No sé si Armando pensaba en Baudelaire o en el asado que haría con la chancha cuando nos adelantó con su 4×4. La verdad es que lo agradecimos, porque la nieve sobre el camino estaba virgen todavía, y a pesar de que las cuatro ruedas de nuestro coche tenían tracción, cada poco resbalábamos y teníamos que sujetar fuerte el volante para seguir en el camino correcto. Cuando Armando nos adelantó dejamos de hacer el ganso con la nieve y corrimos al coche para seguir las huellas que dejaba sobre la carretera hasta que Armando se detuvo delante del árbol.

Nosotros sabíamos que la tormenta de la noche anterior había hecho caer ese árbol, cruzándolo en medio del camino. Lo sabíamos, y por eso habíamos comprado una sierra y un serrucho, porque la forma de pasar era cortarlo. Pero Armando no lo sabía, y tuvo que detener su todoterreno delante del árbol caído. Quizá se asustó cuando nos vio bajar con dos armas, pero pronto se dio cuenta de que no íbamos a descuartizarle a él, sino al árbol.

Armando Sandoval tuvo suerte de conocerme, porque si no quizás todavía seguiría detenido bajo la nieve en aquel camino de montaña del volcán Villarrica, a 760 kilómetros al Sur de Santiago. Pero yo también tuve suerte de conocerle a él. Al fin y al cabo nosotros no éramos más que un grupo de estudiantes, ratones de ciudad, con dos serruchos y buen humor, pero con muy poca experiencia en el campo. Los brazos fuertes del guaso cortaban las ramas y el tronco del árbol con golpes exactos y profundos, rápidos, constantes. Nosotros quizás serrábamos a una velocidad seis o siete veces inferior. Entre todos conseguimos cortar el árbol y echarlo a un lado de la carretera. No sé si Armando Sandoval llegó a cazar el jabalí.

Así ha sido mi findesemana en el Sur, en una casa junto al lago Colico. La tormenta nos dejó sin luz y, por supuesto, el internet era un lujo innecesario, así que sobrevivimos con velas y quemando kilos y kilos de madera en la chimenea. Cantamos canciones chilenas con las guitarras que trajeron dos chicos de Temuco (qué voces tienen, los bandidos), con ese deje tristón de revolución latinoamericana, con ese orgulloso derrotismo de los herederos del mayo del 68. Las noches empezaban a la hora que marcaba la puesta de sol, como antes de Edison, y seguían hasta que las velas no ardan, como se dice en Chile, y que en este caso era rigurosamente cierto. Jugábamos al póker o al risk y apurábamos unas cervezas que no necesitaban nevera para mantenerse frías cuatro jornadas completas.

Antes de marcharme al Sur todavía quise exprimir un poco Santiago. El viernes me invitaron a un carrete en el que no conocía a casi nadie. No los conocía cuando llegué, claro, porque salimos tan amigos. A partir de las tres todo el mundo brindaba por España y, alguno, incluso por el Rey. La gente es buena, eso es algo que me admira. ¡Me trataron tan bien! La chica que me invitó me conocía de dos o tres clases, y a pesar de todo se ocupó de que no me faltara de nada toda la noche y de que llegara sano y salvo a la residencia, que está en el otro extremo de Santiago (que es, por cierto, más grande que Madrid). Una amiga latina que estudia en Pamplona me contaba no hace mucho que en España le costó hacer amigos al principio, que los españoles somos muy cerrados. Me sorprendió aquello, porque somos lo más abierto de Europa, pero visto lo visto, tenía razón. No hay nada que agradezca más un emigrante que sentirse integrado en su nueva comunidad.

Como parte de mi integración -como bautismo de fuego de la vida chilena- tuve que probar la piscola, el orgullo nacional. Está francamente buena, pero es un peligro serio, porque parece que no, pero es que sí. Se lo ha hueado todo y no ha tomado nada. Se lo ha hueado todo y no ha tomado nada. Póngale, póngale, póngale, póngale… Y ahí empezaron los brindis. “¡Viva España!”, gritaba uno. “¡Viva el Rey!”, respondía otro desde el otro lado del patio. “Ah, ¿pero que tú eri eshpañol de verdad?”, me preguntaba una. “Pensaba que me estabai hueando”. Lo de pronunciar eshpañol en lugar de español no llego a entederlo. Cuando les dices que vienes de España sacan los dientes hacia afuera y dicen cosas como “Joder, tío, erez eshpañol”. Creo que tiene algo que ver con una teleserie de hace años. Al acento español-castellano lo llaman ezpañolíshimo, eshpañolete o cosas así. Esta mañana una profesora me ha hecho leer algo en clase y todos se han reído un montón porque consideran que leer en castellano suena “demasiado académico”. Cosas de la vida.

Mi cumpleaños es el 17 de septiembre, y el día 18 son las Fiestas Patrias. “¡Qué rico que cumplas ese día!”, me decía la funcionaria del registro civil mientras me tomaba las huellas dactilares. “Gira el dedito, mi amor”. Era un poco extraño recibir piropos de una señora de su edad. “Tus amigos te llevarán a todo: puro asadito, puro terremoto…¡Tenéi que ir a las fondas!”. Las fondas son unas carpas con el techo de palmera donde se baila cueca, el baile nacional, y se sirven piscolas y terremotos y… ¿a quién vamos a engañar? Después de una cueca o dos pondrán reguetón y la “Alemania americana”, como llaman a Chile, sacará su lado más latino. Ya veremos qué pasa con las Fiestas Patrias. De momento voy a ponerme a estudiar.

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