Diario de un emigrante (XII)

Mi regalo de Navidad fue una bandera chilena firmada por los camaradas de la residencia

La señora que me atendió en la óptica era una viejita pequeña, parsimoniosa, cotilla y cariñosa. Antes de preguntarme nada, mientras empaquetaba un estuche de gafas de sol para un regalo de amigo invisible y le pegaba una flor de plástico, me dijo sin levantar la vista: “¡Ay, el cuore! Se le ha quedado pegado en Chile, ¿verdad? ¿Cuándo se marcha?” Por un momento me quedé con la duda de si me estaba hablando a mí, pero era obvio que me hablaba a mí. “Tal vez la vida lo traiga de vuelta alguna vez”, terminó su reflexión. Me recordó mucho una escena de Bienvenidos al Norte en la que un personaje -juraría que era también una viejita, empleada de Correos en el Nord-Pas de Calais- le dice al protagonista que los que van al Norte berrean dos veces: cuando llegan y cuando se marchan.

Hay muchas formas de medir el tiempo. Los ingenieros lo miden en segundos, minutos, horas, días. Los judíos antiguos usaban un calendario lunar. Los niños que no saben leer un reloj deciden que es hora de que sus padres se levanten, un domingo por la mañana, porque ya es de día. Un cocainómano separa su vida en el espacio que hay entre una dosis y la siguiente. Henri Bergson distinguía el tiempo exterior, marcado por el constante girar de las esferas del universo, del tiempo interior. Don Miguel de Unamuno medía el tiempo por el ir y venir de las olas (Dios te salve, María. Las olas vienen / Santa María. Las olas van. / Dios te salve, María, rezan las olas. / Santa María, reza la mar). Para Jorge Luis Borges, estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Lo que en realidad separa un periodo de otro es esa llamada a la peluquera de mi pueblo. Desde que vivo en Pamplona nunca me he cortado el pelo allí; siempre espero a volver a casa para ir a mi peluquería de siempre. Cuando vine a Chile no hice una excepción. En estos cuatro meses no me he cortado el pelo, y ya empiezo a parecer un perroflauta. Se me hace raro pensarlo. Pensar que estaré sentado otra vez en el sillón naranja y que estará sonando otra vez EuropaFM. Y que Mireya o Mariola me preguntarán -otra vez- si llevo barba, si por arriba quiero que me pasen la maquinilla. Que qué tal la familia. Que mi primo fue no hace mucho. Entrará, quizás, Alfredo el Torero, que es familia de ellas, y se sentará a comentar las últimas novedades del barrio. Y el escozor de la cuchilla en el pescuezo. Que si quiero cera o gomina. Y que qué tal los estudios, que si no termino ya. Polvos de talco.

Con cada mechón de pelo que caiga será como si me cayera un trozo de Chile, y cuando esté otra vez rapado será como si fuera hace cuatro meses, como si me hubiera ido de findesemana. Y ya. Se acabó. Se acabó la Cordillera, el metro, la piscola, Bellavista, el karaoke, eshpaña coño, las hallullas, la U, la cueca, el cojo que canta en la micro, el panqueque mushasho -uno a tresiento doh por quiniento-, el carrete (la Cata, la Jesu, la Jose), Uber, los chopos, la embajada China, hablar de usted, el lucky mentolado, los carabineros, los perros callejeros, el Mercurio, la cumbia (¡rá-fa-ga!), el padre Hurtado, el trecking, el bajoneo, Pablo Neruda, el tráfico, la ascendencia europea, la conciencia del fin del mundo. Será todo como un sueño; todo lo que cabía entre un corte de pelo y el siguiente, apenas un relámpago, y mañana de nuevo Pamplona, como diría Miguel d’Ors:

Todo con un olor

como de gato o seminario

Gombrich decía que no hay Arte, sólo hay artistas. Probablemente tuviera razón. Aunque la verdad es que aquel artista al que entrevisté el otro día no me lo pareció. Es un caso divertidísimo. El tipo robó una escultura de Rodin con veinte años, siendo estudiante de Bellas Artes (iba borracho, dice él, aunque el fiscal dice que no) una tarde que inauguraban una exposición de un profe suyo y él se perdió buscando el baño y se encontró con la escultura, y se la metió en la mochila. Se fue con su amigo a comprar vino barato y a contemplar la escultura. Iba a ser solamente eso, un reportaje divertido. Pero de repente me he visto metido en una novela de Agatha Christie -como si fuera, como de hecho es, verano- porque el domingo por la tarde apareció un testigo que desmonta todo lo que se supone que ocurrió durante las veintiún horas que mi artista tuvo la escultura en su poder.

El chico la devolvió al día siguiente porque se asustó al ver el robo en todos los canales de televisión. Lo condenaron a un año de bibliotecario de la cárcel como medida correctiva. Él siempre ha dicho que lo que pasó aquella noche fue, simplemente, que se fue a su casa con la escultura a seguir bebiendo y a pintarla. Eso es verdad, pero entre medias parece que hubo una fiesta en casa de un misterioso personaje que se llama el Mexicano en la que probablemente esnifaron coca sobre el Rodin.

He tenido que entregar el reportaje ayer, y no he podido hablar todavía con los dos misteriosos testigos que pueden desmontar toda la versión oficial de los hechos. Pero creo que aprovecharé estos días que me quedan en Chile para encontrar a esa gente y descubrir la verdad, aunque sólo sea por orgullo. Pancho dice que parezco un detective.

Pancho, por cierto, se disfrazó del Viejito Pascuero la semana pasada, para la cena de Navidad de la residencia. Primero entró Nacho vestido de duende para informar de que el Viejito Pascuero había sido atropellado por un reno. Así que luego llegó Pancho vestido de la versión chilena de Santa Claus en silla de ruedas a repartir los regalos. Mi regalo era una bandera de Chile firmada por todos los de la resi.

Y ahora sí, ya he terminado todo. Exámenes, entregas… Ya he firmado los papeles del intercambio y ya tengo mi diploma reconociendo mi estancia académica en la Universidad de los Andes. Así que supongo que este diario ya se ha terminado. Ayer cené sushi (aquí le dicen suchi, para no parecer flaite) en casa de Vali con Andrés y con Mati, y salieron sus chelitas para celebrar que terminamos el ramo más complicado.

Me acaba de interrumpir Joe para preguntarme si va demasiado formal a la entrevista de trabajo. Joe estudia en Madrid, y le queda un semestre para terminar el máster y ser lanzado despiadadamente a la crueldad del mundo laboral. Ha estado todo el semestre de intercambio en Santiago; él, en la Católica. Se ha enamorado de Chile a otro nivel. En febrero tiene quince días de vacaciones y quiere volver para acá. Y está buscando trabajo para venirse a vivir a Santiago, o puede que a Concepción, en cuanto termine. Quizá no iba tan desencaminada la señora de la óptica. Tal vez la vida me traiga de vuelta alguna vez.

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