Diario de un emigrante (Epílogo)

Caja de libros de autoayuda de un vendedor ambulante del paseo Ahumada de Santiago

A ritmo de procesión tardo exactamente tres minutos en recorrer los sesenta y dos mostradores de check-in del aeropuerto de Lima. Mientras hago ese recorrido me ofrecen un taxi aproximadamente cuatro veces. Eso significa que en una hora me ofrecen sesenta taxis. A veces es el mismo señor. Soy como una metralleta de no-gracias-muy-amable. Para evitar matar a alguien –porque comprenderéis que si paso diez horas aquí me ofrecerán seiscientos taxis, y la paciencia se le acaba a cualquiera- a veces subo al segundo piso, donde están las cafeterías. En el trayecto también me abordan taxistas, guardadores de maletas, embaladores de maletas, guías turísticos, limpiadores de baños. Para subir al segundo piso tengo que tomar el ascensor, porque arrastro un carrito con dos maletas de treinta kilos, una chaqueta absurda en pleno verano (que me hará mucha falta cuando llegue a Madrid) y mi mochila. La señorita que pulsa el botón del ascensor ya me mira con condescendencia, tantas veces que me ha visto tomarlo.

En el segundo piso hay una cafetería que se llama Pikeos, donde he desayunado, que tiene wifi. Así que cuando estoy a punto de asesinar a un taxista le digo despacito, modulando bien las palabras: “No, gracias, muy amable”. Y entonces voy a ver a la señorita del ascensor, que pulsa el botón y me lleva al segundo piso, y entonces me acerco a la cafetería y me siento en el suelo, al lado, para poder conectarme a internet. Después de las cafeterías y de las tiendas y del patio de comidas hay un pasillo donde están las oficinas de las aerolíneas. Menos de la mía, que no tiene oficina. Después están las oficinas de la Policía, donde hay una oronda señora con el pelo rizado tecleando parsimoniosamente en un ordenador de los sesenta.

Al final del todo, en el último rincón del aeropuerto, hay una capilla con un sagrario. Volví un poco sobre mis pasos para preguntarle a la señora oronda del pelo rizado que teclea parsimoniosamente si se celebra Misa en esa capilla. “Por supuesto”, me responde con calma dibujando una sonrisa. “¿Cuándo?”, le pregunté. “Los miércoles”, me dice triunfal. “Hoy es lunes”, digo más para ella que para mí, que pone cara de haberme solucionado la vida. “Exacto”, concluye. Y vuelve la vista a su ordenador de los sesenta.

Así que entré en la capilla a rezar. Primero entró una señora que se arrodilló a los pies del altar, puso los brazos en cruz, permaneció con los ojos cerrados dos o tres minutos y luego se marchó. Luego vino otra señora que se sentó, muy discreta, en frente de mí. Luego un señor, que se quedó de pie en la puerta, en silencio. Luego vino una madre gorda con sus dos hijos no tan gordos. Entró como elefante en cacharrería e hizo posar a sus hijos delante de una imagen de la Virgen de Fátima para sacarles una foto con una camarita digital. Luego se marcharon. Y después se fue el señor. Y después también la señora discreta y me quedé otra vez solo. Y luego entró una señora con un sombrero de cowboy atado al cuello y se arrodilló en uno de los bancos y se puso a llorar. Entonces pensé en ofrecerle el evangelio que tenía en la mano, por si quizás la consolara de alguna forma. Y ella se puso a murmurar en inglés, así que supuse que no iba a consolarla en absoluto un evangelio en castellano. La señora estuvo allí un buen rato, y después se enjugó las lágrimas y me tendió una mano que sostenía un vaso de cartón tapado. Que si quería su zumo, que ella no se lo iba a tomar. Le dije que gracias, pero no, gracias. Que justo acababa de tomarme uno para desayunar. Ella insistió, pero le dije que de ninguna manera, que si tomaba un mililitro más de algo iba a explotar. Entonces se quedó callada con los ojos vidriosos, un vaso de cartón lleno de zumo tendido hacia mí y un sombrero de cowboy atado al cuello. Puede que sea estúpido, pero lo único que se me ocurrió decirle, por tratar de consolarla de alguna forma, fue have a nice day. Creo que le brillaron los ojos. Me respondió despacito. You too. Have a blessed day. Y se fue repitiendo a blessed day, a blessed day…

Volví al ascensor, y otra vez al primer piso, y otra vez a repasar los sesenta y dos mostradores a la espera de que uno se ilumine y diga PlusUltra, que es el nombre de mi compañía, aunque sabía perfectamente que aún faltaban por lo menos cuatro horas para que abriesen el check-in. Había un tipo con pinta de indio roncando ruidosamente abrazado a un maletín en uno de esos banquitos de aeropuerto. Supongo que sus ronquidos eran el motivo por el que el espacio a su lado era el único sitio libre donde sentarse. Así que me senté y abrí La Historia del Amor, de Nicole Krauss, por la página 154. Lo compré el sábado, y ya llevo dos terceras partes. La vida del viaje.

Dani me dijo que ese libro le chocó este año, como nos chocó el año pasado Seda, de Alessandro Baricco. Que tenía que leerlo. Dani y yo coincidimos mucho en este tipo de cosas. Y también Manu. Y unos días después Manu también me dijo que tenía que leer ese libro. Así que fui a buscarlo en la librería Antártica de Santiago, que es toda de madera y tiene en el centro un pilar que parece el tronco de un árbol porque luego se bifurca en ramas que cubren todo el techo. Una vez estuve dos horas y media –quizá fue menos, o más, no miré el reloj, en realidad- viendo libros. Y me pregunté qué pasaría si alguien pasara toda su vida metido en esa librería y leyese todos esos libros. ¿Sería el hombre más sabio del mundo? ¿O por el contrario no sabría nada de la vida? ¿Sería como Novecento?

Encontré La Historia del Amor. La edición es horrible. Parece una novela rosa para viejas, en tonos lila y con las fotos superpuestas del puente de Brooklyn y una muchacha que tiene la cara que tenían las muchachas lindas cuando mi abuela era joven. Así que no compré el libro y le dije a Manu que no pensaba leer un libro con esa portada. Y él me dijo que tapase la portada, que la cubriera de periódico, o lo que quisiera, pero tenía que leer ese libro. Así que el sábado, cuando bajé en metro Tobalaba para comprar unos bombones para despedirme en la residencia, decidí comprar el libro y así no hacerme tan largo el viaje de vuelta.

(Tengo, con los libros, un síndrome de Diógenes y una especie de cleptomanía. En estos cuatro meses he adquirido en librerías y mercadillos callejeros La Historia del Amor, de Krauss; Mala Onda, de Fuguet; una antología escolar de cuentistas hispanoamericanos; Azul, de Darío (en realidad ese me lo regaló Marijó); una novela en francés de la que no recuerdo el título ni el autor y sólo he leído un capítulo; y he robado la Perla, de Steinbeck; una antología de cuentos de Chéjov; y un día apareció sobre mi mesita de noche Crimen y Castigo, en una edición impresa en Santiago en 1936. Al final devolví los libros robados).

Juro que las páginas 18 a la 21 del libro de Krauss son las páginas más tristes y más bonitas que he leído en tiempo. Tiene frases como esta: “Recogían el mundo a pequeños puñados. Cuando el cielo oscurecía, se despedían, y tenían hojas enredadas en el pelo”.

Me he tomado otro café y me he sentado a escribir esto. Nunca hagáis una escala de diez horas. Los mostradores siguen sin darme permiso para hacer el check-in. Todavía faltan tres horas.

Me he puesto moreno. El otro día, en Viña, me quemé en la playa, y al ducharme me escocía todo el cuerpo. También hice surf por primera vez –en Chile pronuncian serf, por algún motivo que desconozco-. Es muy parecido a la felicidad. Conseguí plantarme sobre la tabla tres o cuatro veces y cabalgar alguna ola pequeñita. Es un triunfo escaso, pero te hace sentir, por un momento, dueño de la naturaleza. Creo que en marzo o abril iré a Zarauz o a Biarritz o a San Juan de Luz a intentarlo otra vez. Aunque algo me dice que ahí me saldrá bastante más caro.

Lo malo del surf es que la gente se mea en los trajes de neopreno y todos fuman marihuana y te llaman hermano o, si no, brother. Aunque, en realidad, es divertido también que sea así. El cuartucho donde te dejan cambiarte también huele a pis, pero qué más da. Cuando ya llevábamos dos horas surfeando no conseguí plantarme más, porque me dolían tanto los brazos que ni siquiera podía incorporar el torso sobre la tabla.

Luego nos comimos una empanada de camarón con queso y un schop (que se pronuncia simplemente “chop” y es lo mismo que una pinta) de Cristal, que es peor que Escudo, pero mucho mejor que Cruzcampo. Y luego nos comimos otra empanada. Y luego subimos a una micro que casi nos mata, y llegamos de milagro a la plaza de Viña y a un autobús de Pullman que nos devolvió a Santiago.

La otra vez que estuve en Viña un negro con rastas iba colgado de la puerta de la micro abierta mientras el autobús atravesaba el centro de la ciudad. El negro iba gritando a los viandantes que subieran a la micro, que los llevaba a donde quisieran. Así que subimos, sin que el bus se detuviera casi, con sal en el pelo, el pecho ardiendo y los restos de un helado de plátano y dulce de leche en la mano. Dentro, las cortinas eran fucsia y el reguetón del 2005 a toda mecha le daba una especie de ambiente de puticlub. Al bajar nos reíamos a carcajada limpia porque, fíjate, la vida es eso.

Brayan me invitó a la hacienda de Andrés, en la laguna de Aculeo, al sur de Santiago. Andrés tiene piscina, y quincho, y más de trescientos pájaros en jaulas distintas según las especies –había un loro de todos los colores que me pareció fascinante- y una laguna artificial, dice, mejor que la de su vecina. También tiene un helicóptero, pero no pudo llevarme en él porque se lo había alquilado a un amigo que lo necesitaba. Lo de volar en helicóptero lo dejaré para otra ocasión. Ahora aparca el helicóptero en el jardín del vecino, que no lo usa, para evitar quemarse su propio césped. Me dieron champán y un asado, y nos bañamos en la piscina, y ya me tuve que ir porque tenía que hacer un viaje de tres horas de vuelta –no porque esté muy lejos, sino porque la micro que va hasta allá para en cada dichosa curva de una carretera de campo que, por lo demás, está en medio de la nada-.

Ayer cantamos villancicos, porque ya está puesto el Belén y el árbol, pero hace tanto calor que no me acabo de creer que sea Navidad. Tuve que enseñarles a los de la residencia a tocar las palmas y a cantar la voz de arriba de Los peces en el río. No sé si lo conseguí.

También estuve en el santuario del Padre Hurtado, y en el Cerro de Santa Lucía, y en San Diego. Aproveché, es verdad, la última semana. Pero ya voló. Ahora sí que sí, de verdad. Adiós, Chile.

He empezado a escribir esto como un epílogo, pero, ahora que lo pienso, no tengo ninguna conclusión que dar. Siempre que escribimos FIN estamos creando una ficción. La vida no termina. No se cierran capítulos ni se pasan páginas ni se escriben puntos finales. La vida es constante punto y coma. Siempre se sigue. A veces incluso se puede volver atrás. Decir, por ejemplo, “lo siento”, o “te quiero todavía”, es lo mismo que volver tres párrafos más arriba y borrar el paréntesis, o añadir una cita, o borrar despiadadamente un primer párrafo atroz. Así que no me despido, ni escribo FIN. Esta historia continúa en otra parte nomás;

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