Diario de Ítaca (I)

Detalle de Automat, de Edward Hopper, 1927

– Cuánto la había echado de menos.

– Es mi musa –respondió Dani.

Estaba allí de nuevo, en el balcón de enfrente; un batín gris colgado sobre el cuerpo, abrazándose a sí misma con la mano derecha mientras con la izquierda sostenía un cigarrillo. Puntual. Como si no hubieran pasado siete meses. La musa de Dani. Muchas veces se ha imaginado cómo será su vida. Quizá sea ama de casa, y quizá sus hijos ya no viven con ella. Tal vez sale al balcón a fumar porque su marido es asmático, o porque no le gustan los ambientadores, o porque el balcón es su refugio para el vicio. Imagino que todo el tiempo que he pasado en Chile ella ha continuado saliendo cada hora a encenderse un cigarrillo al balcón que está frente al ventanal de mi casa. Estará en sus cincuenta, probablemente, y podría protagonizar un cuadro de Hopper. Creo que eso es lo que la hace atractiva: ese aire de feminidad caduca, de desencanto realista con sus sueños de juventud.

A Miguel Gil lo mataron en una emboscada en Sierra Leona cuando trabajaba para Associated Press, en el año 2000. Miguel siempre decía que se metió en el periodismo de guerra porque se cansó de coger el número seis para ir al despacho. A principios de los noventa dejó el bufete de abogados en el que trabajaba, cogió su moto y se fue a Bosnia. Empezó a escribir para El Mundo y Cadena Ser. Durante los siguientes diez años se dedicó a la guerra, hasta que lo mataron. Alfonso Rojo dice en un texto que publicó El Mundo poco después de su asesinato: “Tenía facilidad para los idiomas, se enamoraba en cada conflicto, volvía periódicamente a su Barcelona natal a reposar su cuerpo torero y a restañar las heridas del corazón. Era un valiente”. Tengo esa frase subrayada en Los Ojos de la Guerra, un libro que recoge muchas cosas que se escribieron sobre Miguel. La subrayé porque aquello me hizo ver que todos, incluso Miguel Gil, necesitamos un paisaje al que podamos llamar casa, un lugar al que pertenecer.

Por eso me ha parecido oportuno empezar un diario de trivialidades, de esas pequeñas cosas –el café mañanero, el frío de Pamplona, la vecina de enfrente- que marcan el ritmo de la vida y hacen del mundo un sitio estable en el que poder construir una vida. Por eso y porque no puedo dejar de escribir. Me lo tomo como un ejercicio. Los que no sabemos escribir tenemos que contentarnos con estas trivialidades: contar lo que pasa. Un periodista es un aborto de escritor de ficción.

Anoche me hice una tortilla de patatas y eso me recordó que soy libre. Asocio la libertad con el hecho de pelar patatas. El año pasado, cuando dejé el colegio mayor y me vine a vivir con Tasio, Santi y Dani, pelar una patata significó un paso grande de la vida de mantenido a la emancipación. Me atacó ese no sé qué que me da cuando descubro algo importante justo en mitad del proceso de pelado de la patata, y me reí a carcajada limpia porque la vida era exactamente eso: pelar una patata. Luego vendrían otras cosas, como firmar contratos, llamar al carpintero, arreglar la puerta, cambiar una bombilla, hacer la declaración de la renta, cruzar el Atlántico, aprender a vivir con una cicatriz, comprar un paraguas, hacer una reclamación, gritar en el banco, usar Blablacar, reconocer un error que no tiene arreglo, meter el aceite en un barral, aprender a hacer paella, y un largo etcétera de banalidades que, encadenadas, tejen el ando y vino de la vida.

La vida tiene más que ver con esto que con los grandes viajes. Me gustan mucho las cosas que escribe Juan Tallón precisamente porque cuenta la vida ordinaria como si fuera un hecho extraordinario. Y el punto es que la vida es un hecho extraordinario. A veces se me olvida que Alonso Quijano no es el único protagonista de la gran obra de Cervantes. Que todo Quijote necesita su Sancho Panza. Creo que la vida consiste precisamente en ese equilibrio entre lo quijotesco y lo… ¿pancesco? (Hemos sido tan ingratos con el bueno de Sancho que ni siquiera hemos inventado un adjetivo para lo que le es propio). Y este segundo diario, que pretende ser la continuación del Diario de un emigrante que escribí en Chile, quiere ser el Sancho Panza de aquel Quijote. Después de la Odisea hay que volver a Ítaca. Ítaca es la única razón por la que hay Odisea. Si no, Ulises se hubiera quedado en la isla de Calipso.

Esta tarde he leído unos párrafos de un discurso que Benedicto XVI dirigió a los jóvenes en Cracovia el 27 de mayo de 2006. Dice: “En el corazón de cada hombre existe el deseo de una casa. En un corazón joven existe con mayor razón el gran anhelo de una casa propia, que sea sólida, a la que no sólo se pueda volver con alegría, sino también en la que se pueda acoger con alegría a todo huésped que llegue. […] Es la nostalgia de una casa de la que se pueda estar orgulloso, de la que no se deba avergonzar y por cuya destrucción jamás se deba llorar”. Cada uno tiene su Ítaca. O al menos lucha por construirla. Ítaca es aburrida, lo sé. Nunca pasa nada en Ítaca. A lo más, Penélope cose y descose el tapiz de la monotonía. Pero es ahí, precisamente, donde Miguel volvía a restañar las heridas del corazón; donde la trivialidad de todos los días hace el mundo un lugar bueno para vivir. Y de eso quiero hablar en este diario.

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