Escribir ‘te quiero’

Conocí a un chico profundamente enamorado, pero no correspondido. Todas las noches se sentaba frente al escritorio de su habitación ‒tenía muy poca luz aquella habitación, espero que haya cambiado la bombilla‒ y escribía una carta para su amada. Escribía siempre la fecha ‒Madrid, 16 de noviembre de 2016‒ y luego empezaba a apuñalarse el corazón sobre la página. Querida Catalina, escribía. Hoy he vuelto a pensar en ti. O, si aquel día estaba particularmente sensible, podía escribir también ‒Madrid, 25 de enero de 2017‒ querida Catalina: te quiero. Después de tanto tiempo todavía te quiero. Y luego se extendía durante párrafos y más párrafos. Llenaba dos, tres, cinco páginas de declaramientos de amor. Luego leía lo que había escrito, lloraba como un surtidor de Pepsi y a continuación rasgaba los papeles en mil pedazos pequeños para que nadie pudiese leer ni siquiera un fragmento y lo tiraba a la papelera.

Aquella tradición la conservó al menos un par de años, aunque sospecho que todavía hoy lo hace. Se sienta delante de la página en blanco y escribe cartas que luego romperá. Pero con el paso del tiempo, me dijo, las cartas se han ido haciendo cada vez más cortas. Claro, le dije yo, después de tantas cartas ya no te quedará nada por decirle. Exacto, dijo él. Y dijo también: en mi última carta sólo puse la fecha ‒San Mateo, 12 de diciembre de 2018‒ y un encabezamiento: Hola Catalina:. Después ya la rompí y la tiré.

Al menos, me dije, hay algo que ha aprendido mi amigo, y es que escribir sobre el amor sin ser un hortera es tan difícil como eliminar la línea de mierda que se queda siempre junto al recogedor.

Un tal Jonathan Lethem debió escribir en alguna parte que “Bolaño ha probado que la literatura lo puede todo” y desde entonces esa greguería aparece en casi todas las solapas de los libros del chileno. Cuando lo descubrí dije caramba, habrá que leer a Bolaño, a ver si es verdad que la literatura lo puede todo. A ver si puede, por ejemplo, escribir sobre el amor sin parecer idiota.

En la primera página de Los Sinsabores del Verdadero Policía anota: “Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales. La poesía, en cambio, era absolutamente homosexual. Dentro del inmenso océano de ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayoritarias, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica…” Luego continúa otras tres páginas clasificando a medio centenar de poetas según esta taxonomía freudiana.

Lo de Neruda ya lo sospechaba yo desde primero de bachillerato, cuando volví a leer aquello de que tiritan, azules, los astros a lo lejos. Luego un estudiante de Filología me confesó que en su clase todos pensaban que Neruda era un blandengue (supongo que eso quería decir Padilla con el adjetivo marica) y que sus versos sobre el amor son literatura barata, en absoluto intelectual. Finalmente leí a Bolaño y ya no tuve reparos en apartar a Neruda de la primera fila de mis poetas de referencia (aunque no puedo evitar tenerlo en la segunda).

Sea como sea, escribir sobre el amor siempre me resulta paralizante. A veces, en un texto, escribo sudando una frase, a veces un párrafo, por cuyas rendijas se cuela algo de lo que aquella palabra significaba cuando significaba algo. Aunque puede que nunca significase nada. Pensándolo bien, mientras Shakespeare hacía a Julieta, primero, a Romeo, después, y luego de nuevo a Julieta matarse por amor en una mascletà de sentimientos ardientes, Cervantes ‒mucho más lúcido‒ nos presentaba a un loco muerto de hambre combatiendo molinos por el amor de una princesa que ni siquiera existe.

La literatura, amigo Lethem, no lo puede todo. Como pasa en el teatro, en el amor la comedia siempre resulta más creíble que el drama. La cuestión es cómo escribir te quiero sin que suene como la versión de verbena de un clásico de los Beatles.

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