Emilio Sánchez Mediavilla: «Llega un momento en que el autor está solo con sus inseguridades»

El editor, fundador de Libros del K.O. y ahora también premio Anagrama de crónica desensortija las claves del éxito ㅡel éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo, como dijo Churchillㅡ de la única editorial de no ficción periodística en España

Texto: Teo Peñarroja
Fotografía: Santi G. Barros


Somos los primeros clientes de una cafetería-librería de esas hipsters de Madrid. Emilio Sánchez Mediavilla (Santander, 1979) responde al teléfono: de la guardería, que uno de los mellizos parece que está malito. Ha entrado por la puerta grande en el catálogo de autores de no ficción de este país, precisamente con el premio de la primera edición de los Anagrama de crónica Sergio González Rodríguez por su libro Una dacha en el Golfo, que vería la luz a finales de marzo, antes de que supiéramos lo del covid. Lo escribió con los apuntes mentales de lo que vio, de lo que le contaban sus amigos durante los dos años que vivió en Baréin, además de con una serie de entrevista hechas en Berlín y en Londres, tiempo después, con gente del exilio bareiní.

Después de trabajar varios años en una revista se quemó. No quería autochantajearse por dos viajes al año y al final decidió iniciar un proyecto por el que los domingos por la noche estuviera contento de ir el lunes a trabajar. Por eso en 2011 ㅡimpresiona, tío, ya son casi diez años, diceㅡ se lanzó con Álvaro Llorca y Guillermo López a crear la editorial Libros del K.O., que lleva publicados casi noventa títulos entre los que destacan superventas como Fariña o El Director. Lo del K.O. es una declaración de intenciones ㅡsu lema es todo va a salir mal, y nos parece estupendoㅡ y comenzaron su andadura mintiéndole a la cara a Enric González, al que dijeron que querían entrevistar aunque en realidad sólo pretendían convencerle para que escribiera un libro con ellos.

Libros del K.O. podría pasar por ser un medio periodístico innovador. Reaccionario ㅡpublicáis libros de crónica en papel en la época del tuitㅡ, pero innovador al fin y al cabo. ¿Sois una revista frustrada?

En realidad sí. Cuanto más lo pienso más convencido estoy de que ese es el origen de la editorial. Si alguna vez había fantaseado con algo, como creo que hacen todos los periodistas, era con montar un medio. La editorial es la continuación de la revista por otras vías, pero exige una infraestructura más pequeña y menos inversión económica.

¿Y funciona como negocio?

Ahora sí. Hemos tenido épocas muy malas, sobre todo el primer año. A los pocos meses estábamos amenazando derribo. No hicimos ningún plan de negocios, lo cual está bien porque que si haces uno muy racional y ortodoxo según los cánones seguramente nunca hubiéramos empezado, pero no calculamos bien cosas tan básicas como que tú empiezas a cobrar los libros que vendes a la distribuidora cuatro meses después. Tuvimos un primer fallo de liquidez. A uno de los primeros libros que publicamos le habíamos puesto un precio que ni aun vendiendo íntegra la primera edición nos daba para recuperar los gastos directos. ¡Eso es una animalada!

O sea que si volvieras a empezar lo primero que arreglarías es eso.

Obviamente hubiese hecho los números con más cabeza; me hubiese trabajado mejor el plan de empresa, una previsión de gastos y de ingresos, dentro de que todo plan de empresa no deja de ser una obra de ficción. Otra cosa que haría si volviera a empezar es tener más libros preparados, porque en el momento en el que el primer libro llega de imprenta y sale a la venta, el segundo no estaba todavía preparado. Hay que empezar con un catálogo, o al menos con un cajón con cinco o seis proyectos.

¿Había nicho o lo habéis inventado?

Creo que era Esther Tusquets, la editora, la que dijo algo así como que primero te tienes que enamorar de un libro y luego ya te inventas los argumentos comerciales. Lo nuestro fue algo parecido. En la colección de crónica de Anagrama habíamos leído a Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, a Kapusczinski… Apostamos por la crónica porque nos gustaba, y luego nos intentamos convencer a nosotros mismos y al resto con esos argumentos de que vienes a llenar un nicho. Yo no sé si ese nicho existía o lo hemos forzado. Lo que está claro es que no había ninguna editorial en España que se dedicara de forma sistemática a la no ficción periodística. Ahora bien, es un nicho minúsculo, un poco seco.

¿Sólo lo leemos los periodistas?

Los periodistas no leen mucho, ese es el mayor problema. Los libros que mejor nos han ido son los que trascienden el nicho periodístico, que es lo que nosotros queremos. No puedes pretender empujar un libro sólo con el público de perioidstas. No existe. Es inviable.

¿Qué títulos os han llevado a trascender esa barrera?

El primero, que vino en muy buen momento, fue Plomo en los bolsillos, de Ander Izagirre. Es muy interesante porque tenía un primer nicho de aficionados al ciclismo, pero luego lo ha ido leyendo cualquier tipo de lector aunque no le interese el deporte o no tenga ni idea de ciclismo, ¡o aunque no le guste el ciclismo! Porque lo que es Plomo en los bolsillos es un relato, una acumulación de anécdotas y de historias. Ander Izaguirre es un gran cuentacuentos, yo como editor lo leo una vez y otra un poco por orgullo, en plan «te voy a encontrar algo, cabrón», pero al final dices: «Joder, es que está todo muy bien, no sé qué decirte». Por eso ese libro funciona y trascendió el nicho periodístico y el deportivo. Luego fueron llegando otros: Crónicas de la mafia, de Íñigo Domínguez, y luego por supuesto, a otros niveles más exagerados, Fariña, de Nacho Carretero, y el año pasado El Director, de David Jiménez.

¿Libros del K.O. es de esas editoriales que pagan a los autores o de las que les cobran?

Pagamos. De hecho alguna vez ya en el primer email alguien nos ha dicho tengo este tema y estaría dispuesto a asumir parte del coste… y eso no. Te publicaremos o no en función de que nos guste o no el libro. Jamás hemos pedido un euro a un autor. No, no, no, no. De ninguna manera. Eso es otra cosa. Eso no es la edición como yo la veo, como ha sido históricamente y como debería ser. Eso es un chantaje.

¿Un escritor como tú no se frustra al estar editando a otros?

El proceso de edición lo disfruto mucho, pero es cierto que según iban pasando los años y veía que lo único que hacía era editar y ya no escribía, sentía frustración. En el fondo yo siempre he querido escribir. Mi aspiración ahora es poder combinar las dos facetas. Disfruto muchísimo en Libros del K.O. y quiero seguir editando y llevando adelante la editorial, pero a la vez me apetece escribir y publicar mis propios libros. Quizá es un equilibrio que no es más que una aspiración. Hay editores que dicen que es imposible ser editor y escritor a la vez, pero está bien intentar demostrar que los demás se equivocan, y ahora mismo mi aspiración es esa.

Está muy feo que un tipo que tiene una editorial se vaya a publicar su premio con otra… [Emilio ha ganado el primer premio Anagrama de crónica por Una dacha en el Golfo, que iba a publicarse a finales de marzo, antes de la pandemia].

Me acuerdo de que cuando empecé con el libro me decían mis socios: «Publícalo con nosotros». Y yo como: «Hombre, me da vergüenza, queda un poco mal que el primer libro que escribo me lo publique a mí mismo, ¿no?». Necesitaba demostrarme que esto le interesa a alguien. Ahora que ya he visto que está ganado el premio y que le gusta a Anagrama, el próximo tranquilamente lo publico en Libros del K.O.

¿Qué se siente al ser editado?

En realidad ha habido corrección, pero no edición. La edición que yo hago con mis autores a mí no me la han hecho.

¿Y eso te crea alguna inseguridad?

[Se ríe] No [No parece muy convencido]. No tuve inseguridad porque este libro sí que se ha editado. Igual no ha sido Anagrama, pero yo sí que se lo he pasado a unos amigos y ha habido lectores. Alguno en concreto me ha hecho alguna edición de esas de saco flecha y pam, esto se puede explicar mejor, esto lo quitaría, añade tal. Publicar sin haber pasado ningún tipo de edición me daría muchísima, muchísima inseguridad.

¿Volverás a escribir?

Ahora mismo está muy caliente lo del libro y no tengo la necesidad, pero la volveré a tener y entonces me gustaría escribir y hacer periodismo. Es verdad que tengo una falta absoluta de tiempo. Hay cosas muy concretas que se me ocurren yendo a la guardería, por mi barrio… Tengo un par de temas ahí pensados. Pero no me da. Quizá no tarde diez años más, pero igual en cinco años vuelvo a escribir. Con tres hijos, dos pequeños… Y creo que lo más inteligente sería no tener prisa, que luego te agobias.

Me da la sensación de que hay editoriales que fabrican muchos libros pero no tienen editores.

Bueno [contiene una risa].

¿No?

¡Absolutamente! Se edita muy poco en España. Creo que Jot Down publicaba una entrevista a Ignacio Echevarría, crítico que ha sido también editor, en la que explicaba el problema de la palabra editor, que en España es la misma para facetas muy diferentes. El inglés tiene muchos conceptos, pero aquí significa casi desde el papel ejecutivo de una gran editorial a la persona que ficha y contrata libros, pasando por lo que significa para mí, que es por último la persona que poco menos que imprime un libro en papel y con un lápiz va marcando lo que cree que está bien y mal y establece una relación con el autor para corregir o mejorar ese texto.

Esta última faceta de trabajar un texto con mimo y de una forma artesanal me da la sensación de que se hace poco, y es por lo que nosotros más apostamos desde el principio. Para hacer eso lo único que hace falta es ser buen lector y tener empatía con el autor. Y como editor hay que ser muy humilde y saber diferenciar gustos, filias y fobias personales. Tienes que saber que lo que editas no es para ti exclusivamente.

Nacho Carretero ha dicho de ti que podrías haber firmado como coautor de Fariña.

Es una exageración muy generosa. De hecho, Fariña es cien por cien Nacho, desde la estructura, el enfoque… con cualquier otro editor hubiese llegado a un resultado muy parecido. Ahí valora sobre todo el apoyo que yo le pude dar, porque cuando escribes un libro pasas por momentos de muchas dudas e inseguridad. Y eso lo tiene que hacer el editor; además de corregir y mejorar un texto, ha de ser capaz de acompañar al autor, darle cariño y animarle, porque según se acerca el momento de publicación del libro a todos los autores les entran todas las inseguridades del mundo, y eso con Nacho lo hice.

¿Cuál es el perfil del autor que queréis en Libros del K.O.?

Periodistas jóvenes españoles y latinoamericanos. Hemos hecho alguna traducción de libros que nos gustan mucho, pero el noventa por ciento del catálogo de Libros del K.O. son autores que escriben su primer libro, y eso es algo muy particular. Ves otras editoriales y es al revés: un noventa por ciento de traducciones.

¿Y qué tienen los periodistas jóvenes que os interese tanto? ¿Son baratos?

¡No, qué va! Para nada. De hecho, aunque los costes de una traducción en principio son más elevados que los de un libro de un autor joven o local que no haya que traducir, si haces cálculos, el tiempo que invertimos nosotros en los libros y en la edición, al final es más caro. Y quitando el dinero de la ecuación es mucho más arriesgado: es gente joven, desconocida… Creo que la propia crítica cultural en España hace más caso a casi cualquier cosa que venga de fuera.

¿Se puede contar mejor el mundo en el que vivimos con los libros que con los periódicos?

Ambos son complementarios y necesarios. En el periodismo a veces se establece una dicotomía falsa entre la urgencia del día a día y los libros más reposados que te explican en trescientas páginas un hecho concreto. Y los libros al final se nutren de esa actualidad diaria. Ambos son imprescindibles. Simplemente, a nosotros nos gusta trabajar el formato libro. Y es verdad que te permite jugar con ciertos recursos literarios y cierta tranquilidad que no tienes en el día a día del periodismo. Y eso nos entretiene, nos divierte, nos parece sugerente y nos abre una ventana para contar la realidad. ¿Cómo detectas a un muy buen periodista o a un muy buen redactor? A veces leyendo noticias soporíferas en la prensa regional.

¡Ahí están los mejores becarios de España!

¡Claro! Tú ves a ese tío y dices: «Lo han mandado a cubrir una rueda de prensa de un político gris local que ha dado una charla de mierda de no sé qué…». O: «Vete a cubrir tal concierto de Operación Triunfo y te vas fuera a hacerles fotos y que salgan ahí el nombre, la edad y por qué vienen al concierto». Les caen una serie de marrones que ahí me gustaría a mí ver a Kapuscinski. No, joder, si lo fácil es escribir un gran libro sobre la Unión Soviética. En las secciones de local de los periódicos ves a gente que… con este marrón te has sacado un arranque, esta metáfora, un enfoque, una mirada… ahí vas viendo y hay una cantera maravillosa, una gente superválida.

Me parece que era Tom Wolfe el que escribía aquello de que en su época todo periodista soñaba con escribir…

Soñaba con escribir la gran novela americana. Sí, Tom Wolfe.

¿Tú crees que eso se ha pasado?

[Duda]

¿Ahora los periodistas ya no quieren escribir novelas, sino escribir no ficción en Libros del K.O.?

No, ahora los periodistas quieren escribir el guión de una serie para Netflix o HBO y retirarse. Es un elemento cultural nuevo, disruptivo y muy poderoso que no existía en la época de Tom Wolfe. De las clásicas como Los Soprano o The Wire hasta Chernóbil. Ese tipo de producción audiovisual en parte está sustituyendo a lo que antes era la gran novela americana a la que se podía referir Tom Wolfe. Lo digo totalmente en serio, me da la sensación de que ahora es el sueño de los periodistas.

¿Crees que estáis haciendo la historia del periodismo en España?

No, no, no. Hay mucha gente. Al final creo que somos un capítulo más, o un párrafo más del periodismo que se ha hecho en la última década en España. Estamos muy contentos y muy orgullosos de lo que hemos hecho, pero vamos, que si no hubiésemos existido tampoco pasaría nada, no nos podemos engañar ni venirnos arriba.

Es un cliché, pero lo de que el libro en papel se había muerto vienen diciéndolo desde hace…

Cuando nosotros empezamos hace diez años a hablar de montar la editorial, la gente nos decía: «¿Vais a montar ahora una editorial de libros en papel? ¿Estáis locos? Eso va a acabar». Nos hicieron un reportaje en Espejo Público, una pieza de cinco minutos muy simpática. Lo emitieron en el programa y en la mesa de los tertulianos había uno famoso e importante, y empieza con toda su condescendencia de viejuno casposo [pronuncia estas dos palabras lentamente, con desprecio]. [Imita una voz de anciano]: «También vosotros… hacer una editorial de libros en papel ahora, menuda…». No dijo gilipollez, pero vamos. Menuda locura. Lo decía un poco con desprecio. Yo en esa época estaba convencido de que esos cantos de sirena de la llegada inminente del ebook y la desaparición del papel eran chorradas. Pocas veces he estado tan seguro de algo. No sentí que arriesgara. Y el tiempo me ha dado la razón.

¿Cómo dirías que es la relación de internet con el libro?

Se complementan. Es una relación con una trama compleja, pero es que nada existe al margen de internet ahora mismo. A una editorial pequeña y con pocos recursos la existencia de internet le da unas herramientas de redes sociales, de llegar a posibles lectores y de transmitir, de hacer publicidad de su propio catálogo, que antes no existía. Dependías de la publicidad tradicional; ahora una editorial con poco músculo financiero puede prescindir de eso. Es una suerte, una herramienta muy positiva. También tenemos la opción de venta en web, aunque está pensada para que el lector pueda llegar a libros casi descatalogados. Es un canal que no representa tanto dinero y no les quita ventas a las librerías. La diferencia es que ahora ha entrado Amazon; ese es el que distorsiona la ecuación respecto a hace unos años.

¿Cómo es vuestro proceso de trabajo para hacer un libro?

Depende. Ha habido libros que se van editando según se van escribiendo, o porque tienes prisa o porque quieres desde el principio marcarle una pauta al autor y es más fácil sentarse a revisar los primeros capítulos. Depende del autor, de las prisas, del tiempo, del tema. No me gusta dar plazos. Lo de hacer un libro es algo tan complejo que no tiene sentido antes de que se haya escrito la primera línea decir: «Quiero una primera versión en cuatro meses». En cuatro meses igual está todavía reporteando, o está en crisis, o no ha podido ponerse. Luego hay que ser realistas. Nuestros autores son periodistas, gente que trabaja en una redacción en plantilla o son freelance y tienen que hacer malabares para llegar a fin de mes.

Y luego la escritura del libro es solitaria. Por mucho apoyo que intentes darles, o cariño, llega un momento en el que están el autor y sus inseguridades delante del teclado, y eso no te lo quita nadie.

¿El editor siempre saca del otro más de lo que el otro piensa que tiene?

Un buen editor es alguien que sabe que una persona es buena, pero también sabe que lo puede hacer mejor. Y es necesario, es imprescindible salvo en casos muy concretos. Una lectura de fuera siempre ayuda a mejorar, siempre.

En una editorial pequeña el criterio son vuestros gustos, ¿hasta qué punto hay una relación entre la persona y…? Si tú te mueres ahora, ¿qué pasa con Libros del K.O.?

[Se ríe a carcajadas]. Esto no es una cosa unipersonal; al final Álvaro es editor y, aunque en muchas cosas estamos de acuerdo, en otras no. A la vez somos conscientes del interés de los autores. Llegan a veces proyectos que de entrada pienso: «Este es un tema que no me interesa». Pero hablas con el autor, ves el enfoque y la escritura y dices: «Este libro va a estar muy bien». Como lector lo inteligente es acabar en temas que pensabas que no te interesaban y como editor quiero reproducir esa variedad. Dicho lo cual, si haces una editorial muy personal, donde sí que se ven claramente las obsesiones del editor, eso también resulta un artilugio literario maravilloso.

¿Hay una contraposición entre ese mundo romántico del editor de libros y luego los críos, la guardería, la casa…? ¿Lo vives como esferas separadas o te parece que hay una poesía en la guardería?

¡Por supuesto que hay poesía en la guardería! Es muy tópico lo que digo, pero es que es así. De lo contrario no se entiende cómo semejante machaque físico y falta de tiempo libre y de ocio tiene cosas tan buenas. A veces estás ahí con el niño subiéndole en el columpio y le estás dando una vuelta a algo del trabajo. Es muy divertido, aunque es un poco maldición. ¿Y si hiciéramos esto? No se separa tan fácil el trabajo de la vida.

¿Cómo consigues conciliar?

Mi mujer y yo estamos los dos conciliando. Yo estoy totalmente involucrado y el hecho de los niños nos ha trastocado la vida laboral a los dos, y así es como tiene que ser. Y ahora cuando tenga el siguiente, que voy a tener tres meses de baja, pues fantástico. Ya veremos cómo hacemos para distribuirnos.

¿Te parece que el mundo es mejor ahora en ese aspecto?

Sí, totalmente. Yo creo que lo puedes ver respecto a nuestros padres y nuestros abuelos, que al final por el propio machismo de la época… Pero es que las víctimas no eran sólo las mujeres, sino que los hombres tampoco podían desarrollar sus afectos de esta manera. Yo, por lo que veo en mis amigos con hijos, entregados y participando completamente en la crianza, me da la sensación de que está mucho más interiorizado que en esto todos colaboramos en casa, que es una cosa de los dos.

Alguna vez os han acusado de haber publicado más a hombres que a mujeres.

Hay un dato real: de cada cien manuscritos que te llegan, la mayoría te los proponen hombres. Vale que eso es el resultado de la desigualdad estructural, y que las mujeres pueden estar más inseguras a la hora de plantearte proyectos. Sin embargo creo que eso está cambiando muchísimo en esta generación: hay varias autoras jóvenes que tienen una seguridad y una confianza aplastantes. El año pasado, por ejemplo, publicamos a Lucía Taboada y Marta San Miguel en Hooligans Ilustrados y son de los mejores libros de la colección.

Por otra parte, en el mundo editorial ha habido siempre muchas mujeres, y creo que ahora están llegando a primera fila. Ves muchas editoras en cargos directivos. Aunque aquí en España Esther Tusquets hace décadas, Carmen Balcells, que era agente… hay varios casos de mujeres que han sido siempre muy importantes en el mundo editorial.

Tampoco es que los temas que tratamos sean masculinos, ahí tienes a Mónica G. Prieto, una de las mejores corresponsales españolas que se ha pateado todo Oriente Medio y ha estado en zonas de conflicto… Sinceramente, no creo que haya temas masculinos o femeninos, o no debería haberlos. La mirada me parece un tema supercomplejo, pero seguramente es lo mismo: hablar de una mirada masculina y otra femenina sería caer en un reduccionismo. Cada autor tiene una mirada concreta.

¿Crees que se puede educar la mirada?

Sí, por supuesto. Tu personalidad te lleva a tener una mirada u otra: hay gente más tranquila o más paciente que atiende a una serie de detalles, gente que es más extrovertida y tiene una mirada que abarca más aunque de manera más nerviosa porque toca muchas fuentes diferentes. Hay un rasgo de personalidad. Pero creo que educamos la mirada según vamos leyendo o trabajando como periodistas. Y vas aprendiendo a redirigirla o a sacarle punta.

¿Dirías que un editor tiene compromisos adquiridos con sus lectores?

Sí, obviamente tiene que haberlos. Hay una serie de cosas que forman parte de un compromiso básico si vas a dedicar diez horas de tu tiempo a este libro: que el diseño te llame la atención, que el interlineado, el cuerpo de letra y la maquetación cumplan unos requisitos estéticos mínimos. Quiero que el texto te interese más, que no tenga erratas —que son una cosa que molesta—. Que la narración sea fluida, que no haya nada que entorpezca el relato. Quiero que el tacto de la cubierta te sea agradable.

Valoro mucho que con el poco tiempo que tiene la gente y la variedad salvaje de ocio y la variedad infinita de editoriales que existe alguien elija un libro de la editorial, pague un dinero y le dedique un tiempo. Como editor me agobia entrar en una librería y ver la cantidad de libros que hay. Me abate un montón pasear por las mesas de novedades por esa sensación de cómo alguien va a interesarse en el libro que yo publico. Hay un mejunje muy complicado. Cada semana se publican cosas maravillosas en mil editoriales, por no hablar de los clásicos. A día de hoy un lector podría consumir literatura extraordinaria sin tener que leer ninguna novedad editorial en la próxima década, simplemente yendo a librerías de viejo, a bibliotecas o a la estantería de sus padres. Como editor eres muy consciente en todo momento de que no tienes que fallarle. Házselo bonito.

Existe la teoría de que en el mundo hay demasiados libros buenos como para perder el tiempo leyendo libros malos, y que cada año habría que hacer una pira para quemar estos últimos. ¿Qué opinión te merece eso?

[Se parte la caja] Me hace mucha gracia. Es un poco una boutade, pero me hace gracia. Me recuerda a Carvalho, el detective de las novelas de Vázquez Montalbán: uno de sus placeres era ponerse a quemar libros en la chimenea.

Algo parecido ocurre en El Quijote

¡Por eso! Obviamente tenemos la imagen de los nazis… pero vamos, que no hay que tomárselo tan en serio. Hay mucha literatura muy mala, pero hay autores que te dicen que no hay ningún libro malo; ninguno del que no se pueda extraer alguna enseñanza. A veces se aprende más de los malos que de los buenos, de esas cosas que no hay que hacer. Sales horrorizado diciendo: «Si yo alguna vez escribo un libro nunca caeré en esto».

¿Qué tiene que tener una buena crónica?

Una mirada original, no forzada. Nunca hay que forzar la originalidad, ni en la escritura ni en la mirada. Un enfoque, una estructura, unos elementos literarios que no van a caber en un reportaje de periódico del día a día. Y luego algo tan obvio como la escritura. A veces recibo versiones de crónicas que son de temas muy interesantes, que están muy bien trabajados y muy bien reporteados, pero que las lees como un reportaje de periódico muy largo. Y eso es un error. Un libro no es voy-a-multiplicar-el-reportaje-del-periódico-por-veinte. Hay un momento en el que eso queda demasiado plano.

La crónica tiene una aspiración literaria que debe estar presente. Tiene que haber cierta vocación de estilo. Yo he publicado libros con una escritura muy, muy, muy austera. Pero hasta esa austeridad es una vocación de estilo, ¡todo lo es! Vocación de estilo no significa meter tres metáforas por línea, pero sí tener un estilo claro y característico.

Y la audacia. A veces somos muy conservadores, pero ya que te vas a meter en este marrón —no hay otra forma de definir la escritura de un libro— sé un poco audaz. Propón alguna locura. Dale dos vueltas, piensa, intenta hacer algo diferente a lo que se ha hecho antes, que el resultado de tu libro sea distinto a lo que haría otro autor.

¿A quién querrías publicar?

A Carlos Manuel Álvarez, un periodista cubano maravilloso. Le ha publicado Sexto Piso una novela y un libro de crónicas, La Tribu, que es de lo más deslumbrante que yo he visto de no ficción en castellano. Me gustaría publicar a Cristina Morales, porque me leí un par de libros suyos y la verdad es que tiene una fuerza narrativa maravillosa. Y, como capricho personal, me encantaría publicar a Juan Marsé. Es uno de mis autores favoritos, he disfrutado mucho con él y me encantaría poder conocerle, pedirle que me escribiera alguna cosa y tener el orgullo de poder decir que he publicado a un gigante absoluto de la literatura española.


Esta entrevista fue una práctica de la asignatura El periodismo como contenido, producto y servicio del Máster en Innovación en Periodismo de la Universidad Miguel Hernández de Elche. Pero me gustó tanto hacerla que he decidido compartirla aquí. Si te ha gustado, podemos seguir leyéndonos en Twitter.

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