La nueva sensualidad

Imagen de StockSnap en Pixabay

En la mesa de al lado (es decir, dos más allá, porque la adyacente estaba precintada) había una primera, quizá segunda cita. Ella aguantaba el chaparrón como podía, es decir dándole la razón. Él había sacado toda su artillería, desde sus últimos progresos en el trabajo hasta el peso que levanta en el gimnasio, pasando por su solución, inexplicablemente aún no aplicada, a la crisis del coronavirus.

— Tenemos suerte — me dijo Ana — de estar juntos y de ser normales.

Sonreí más por el optimismo de mi prometida, que me considera normal, que por la referencia a la turra que nuestro vecino estaba dándole a su ligue.

La felicidad se escribe en tinta blanca, y está hecha, creo, de esas noches: alitas de pollo, un sándwich mixto con huevo, dos cañas y el chip chap de la lluvia sobre el asfalto de la calle Esquíroz, como si el otoño llamase al fonoporta.

El otoño, por cierto (me lo decía Dani antes de desayunar, a las dos de la tarde) es propicio para los enamoramientos. Yo creo que se parece al amor en que ambos contienen una promesa y por eso mismo la posibilidad de salir perdiendo. Uno se asoma al amor como al otoño: con la duda de si coger o no el paraguas, con la ilusión de salir a dar un paseo por una alameda desplumada y ocre, a pesar de que la tarde pueda acabar en chubasco. Pero ya lo decía Platón: bello es el riesgo.

La chica de la otra mesa ya daba señales de agotamiento cuando entramos a pagar la cuenta y me pregunté si alguna vez en algún bar alguien me habría mirado con la misma condescendencia con la que yo acababa de mirar al chico que no sabe ligar. También me pregunté por qué razón Ana, ahora semioculta bajo una FFP2 demasiado grande, querrá casarse conmigo.

Seguía lloviendo y nos arrebujamos bajo el paraguas. Esas cosas también ayudan a enamorarse. La posibilidad aún no culminada: la sensualidad, gran damnificada de la revolución sexual. Sí, tiene que ser eso. Ahora que tenemos corazas de plástico, vidrio, cobalto, litio y carbono; ahora que todo es tan brutalmente inmediato; ahora que todo es más rápido de lo que podemos asumir resulta especialmente sensual pasear bajo la lluvia.

Llegamos a su portal. ¿Ahora es cuando debería invitarme a subir? En las películas es así: ¿te apetece una copa? Música de fondo, ginebra buena, luces tenues, un botón desabrochado. En lugar de eso me dijo buenas noches, mañana nos vemos, y yo sentí de lo profundo de la entraña un rugido atávico como el del rey David que me subió garganta arriba y voló desde mis labios en la propuesta más indecente que recuerdo haber hecho. Le dije, como quien pide más de lo que sabe que no le corresponde: “Quítate la mascarilla”.

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