La leja (IV) – La primera mano que sostuvo la mía

Desde luego no para padres primerizos. O quizá sí.

La primera mano que sostuvo la mía. Maggie O’Farrell. Libros del Asteroide, 2018

Es la cuarta reimpresión del título que le dio a Maggie O’Farrell un amplísimo club de fans en España. Este libro no me ha captado para el club, porque ya estaba en él desde Tiene que ser aquí. O’Farrell es una narradora excepcional, pero eso ya lo sabes. Este texto es lo que se dice una novela. Una historia. Planteamiento, nudo, desenlace. Al final se descubre el misterio, se resuelve la relación entre las dos tramas que se han ido entretejiendo durante sus casi cuatrocientas páginas. Nada de experimentos raros con el sentido de la literatura a lo Bolaño en sus Detectives salvajes. No lo digo como un demérito. Al contrario, me parece un ejercicio loable, cada vez más ausente en un panorama editorial donde casi todo son autoficciones, autobiografías, diarios del confinamiento, conjuntos de relatos y refritos de retales de otras cosas. O’Farrell engancha porque ha imaginado una buena historia y la ha contado bien en lugar de contarse a sí misma, que es lo que hacen muchos escritorzuelos con complejo de Carrère últimamente.

Pero no es el único mérito del libro, claro. Sus descripciones de espacios y momentos son exquisitas, puro travelling horizontal. Es visual, valiente, pero no obscena. No lo necesita. Provoca la inteligencia. Los personajes de La primera mano que sostuvo la mía están atados por el hecho de la maternidad desnuda, con todas sus complejidades. Una sinceridad que el lector agradece porque la reconoce como vida, lejos de las imágenes edulcoradas de la paternidad happy flower.

Los hombres del texto son todos inútiles, y eso les frustra. Felix, el padre de Theo, no está ni se le espera. Ted, el padre de Jonah, es incapaz de hacer nada para que su novia se recupere del parto y la vida que ha perdido desde que tuvo al niño le acaba mermando la salud. Angustioso.

Luego está el asunto del nombre, que, casualidad, resulta que es el mismo que llevo yo desde que nací, así que me he sentido interpelado. El nombre es una cosa importantísima, como bien muestra el libro del Apocalipsis, y en este título es crucial. Memorable la escena en la que le explican a la madre el significado de Theodore, don de Dios. Y memorable también la capacidad que tiene el propio nombre en los labios adecuados para despertar a cualquiera de la tumba.

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